Esta semana se han celebrado en Ciudad Real las IV Jornadas de Destinos Enogastronomicos, organizadas por Saborea España, y considero interesante reflexionar sobre el atractivo turístico que tiene la gastronomía de la región y por qué está costando tanto lograr que el visitante se quede a dormir.

Castilla-La Mancha es la región de paso hacia otros destinos más atractivos como la costa levantina o Andalucía. Este es el mantra que nosotros mismos hemos ido repitiendo durante muchos años, y la primera pregunta es…¿Tiene Castilla-La Mancha razones para parar? Si analizamos su patrimonio arquitectónico y cultural nos encontramos con auténticas joyas como Toledo, Cuenca o Almagro, en cuanto a patrimonio natural contamos con dos Parques Nacionales y siete Parques Naturales, con una increíble diversidad paisajística, Castilla-La Mancha no es solo llanura.
¿Y de su riqueza gastronómica? La cocina de Castilla-La Mancha ha estado estancada durante muchos años, como ejemplo, hace 10 años solo contábamos con 5 estrellas Michelin, pero la tendencia también está cambiando, actualmente ya contamos con una constelación de 14 estrellas en nuestra región, muy lejos todavía de las 36 de Euskadi o de las 80 de Cataluña, pero tres veces más de las que teníamos hace 10 años.
Evidentemente no podemos valorar la calidad gastronómica de un territorio únicamente por sus estrellas Michelin, hay otros factores que deben tenerse en cuenta, como por ejemplo la identidad singular, en este sentido siempre he defendido que es muy fácil hacer un plato exquisito con un buen foie o un marisco excelente, en muchas ocasiones el reto de la cocina está en no estropear el producto, porque incluso crudo ya es exquisito. Otra cosa es hacer un plato sublime con pan duro o con harina de almortas, y en eso los manchegos somos imbatibles, nuestras migas o las gachas, son una muestra de cómo ingredientes humildes pueden elevar su valor culinario y convertirse en iconos gastronómicos de un territorio.
La transformación en nuestra restauración está siendo una realidad, no solo por el incremento de estrellas, sino por la actitud y compromiso de nuestros profesionales, digamos que hemos empezado a creérnoslo. Nombres propios como Ivan Anaya y Javier Donaire, han posicionado a Castilla-La Mancha en el mapa de la excelencia gastronómica, con triunfos como la Mejor Tapa de España o el Mejor Plato con Gamba Roja de Dénia.
Haciendo un análisis por separado de los factores que hacen atractivo un destino a la hora de visitarlo, podemos garantizar que cumplimos las expectativas del turista más exigente. Puede pensarse que la proximidad a grandes focos de población como la Comunidad Autónoma de Madrid o Valencia es el motivo de la baja pernoctación, por la posibilidad de visitar un destino y volverse en el día, pero ese argumento cojea si nos comparamos con nuestra comunidad vecina, Castilla y León, que logra casi triplicar nuestras cifras de estancias.
No soy amigo de dar soluciones mesiánicas a problemas que creo complejos, y los que tienen que ver con la conducta social no se cambian de la noche a la mañana. Considero que atraer y fidelizar a un visitante pasa por un trabajo conjunto de profesionales de la hostelería y el turismo, administraciones públicas y población en general. La labor de los profesionales debería estar orientada a crear experiencias completas, desde la visita al monumento, pasando por la bodega, embuchando berenjenas y por supuesto, comiendo excelentemente. Creo que hay que ofrecer motivos para querer prolongar la estancia. Las administraciones deben impulsar y mantener iniciativas como Sabor Quijote o Raíz Culinaria, para promocionar el territorio y a sus profesionales, y por último lograr que la población empiece a sentirse orgullosa de su propia tierra, porque es imposible convertir un destino en un atractivo turístico si nosotros mismo no lo vemos como tal.
Por tanto, si ya estás pensando en tus próximas vacaciones, y no quieres discutir si playa o montaña, piensa en algo diferente, piensa en Castilla-La Mancha.